Pedacitos de recuerdos que duelen, que marcan, que movilizan la memoria mucho más allá, para sentir a los amores en carne viva.
Ahora que estoy de vuelta, de París y de la vida, camino por mi calle San Juan al ochocientos. Allí está mi cuarto, en esta ciudad con nombre de río. Me estoy buscando en la esquina. Emma dice que ocurre después de los cincuenta: hacemos un retorno a las fuentes. Es tal vez, un balance premeditado porque entramos en zona de peligro inminente, contesto.
Una hernia de disco lumbar latiguea mi espalda. Arañazos de dolor me advierten que soy tan vulnerable como aquel niño aprendiendo a montar la primera bicicleta.
El hombre inmortal, ese que una noche de insomnio decidió viajar a Francia, después de la Plaza de la Concordia, recorre el barrio auscultando los perfumes olvidados. Se andan buscando aquel joven de la travesura corta y este hombre de la nostalgia larga.
Nadie mejor que él para explicarme que París sin ella es una ciudad muerta, aún siendo París. Nadie mejor que él para contarme que Claudia sigue en la calle San Juan con sus ojos pícaros y sin rimel.
Como narrar esta historia de recuerdos y desencuentros. Decir, tal vez que Claudia debió viajar con el joven. O que el aguerrido muchacho que tomó frío en la rue de Rivoli se impuso quedarse para olvidarla. Que la travesura de viajar allá tan lejos y hace tiempo le llevó los mejores años. Que esa ciudad inmediata a los turistas pudo ser más blanda, menos esforzada . ¿Cuántas noches caminó el muchacho por los Campos Eliseos buscando aquellos ojos pícaros?
Emma siempre. Emma escuchando sus ganas de volver. Emma cuidando su pecho agrietado por el tabaco francés. Emma cocinando la carne al horno. Emma planchando la camisa blanca. Emma arreglando la corbata bordó. Emma siempre.
Vivir en Saint Paul no fue una elección. Rodolfo fue el primero en ayudar. París te pareció más sensible después de Rodolfo y su tono mendocino, de su auxilio sin pedir nada a cambio. Nunca te llevaste bien con los putos, vivir en ese barrio te puso a prueba. Es de ellos. Lo han elegido y defienden su lugar como las fieras que marcan el territorio en la inmensidad de la selva. Compartir ese espacio abrió la mente y el corazón desquiciado. Los prejuicios se despejaron e invadiste la soledad parisina con una solidaridad emotiva. Aquel joven desguarnecido recibiría la comprensión de este maduro hombre que camina por la calle San Juan. Emma va a su lado, tomada de la mano.
Los ojos pícaros de Claudia permanecieron para que los recuerdes. En la mesa del bar de Pierre, en la Rue Monffetard, allí Emma te dijo que Córdoba estaba tan cerca que la seguiste. ¿Y si Claudia cruzaba el océano?. ¿Y si sus ojos pícaros se asentaban en tus manos con bolsillos, se apretujaban y se quedaban?
Esta mañana el otoño siembra en la calle San Juan al ochocientos. Entre las hojas muertas, el joven camina de la mano de una mujer. Claudia espía por los resquicios que otorga una persiana marchita. Nadie ve más de lo que imagina.
El muchacho travieso lleva en sus bolsillos una muestra de los ojos pícaros. Va a exponérselos al hombre que ha vuelto de París. Yo apuro el paso para evitarlo.
Desde la vereda del frente, un anciano me recuerda que los hombres no lloran. Es mi padre. Con sus manos levanta la bicicleta de la que caí. Los dolores se parecen, el del golpe de a bici y el de esta nostalgia interminable.