Ahí viene mamá. Sus manos campesinas dan las primeras caricias. Su voz suave me canta el arrorró y soy un pedazo de su corazón. Mi primera mujer.
Vení más acá. Una multitud de piernas, todas con polleras negras, juegan a las cartas en la casa de la tía Angela. Vos jugas con un autito debajo de la inmensa mesa. Hay luto, mantillas en la iglesia. Y juegos y risas en la cocina gigante de la calle Laprida. Soy un niño curioso, eternamente tímido y me pongo colorado, rojo punzó, cuando alguien dice juguemos al culo sucio. Son las mujeres de la niñez. Tías y más tías y vecinas. Rosas y jazmines.
Te traigo un poco más acá, acércate. Hay una vecinita nueva. Con Carlitos y los chicos la miramos. Una tarde me voy a pelear con Carlitos por esa mujercita.
Jugamos a las escondidas. Con premeditación y alevosía vamos a coincidir en el escondite. Escribo y el teclado acompaña el aumento de mis latidos. Ella siempre decía que su primer beso en serio fue detrás del Níspero. Y yo estaba ahí.
Mujeres de mimbre.
Tengo una adolescencia entre Muchachas Ojos de Papel y Muchachas Corazón de Tiza, entre las pecas de Emma y los pechos de la Sarli. Lo prohibido es entrar el cine Avenida. La aventura es colarse otra vez. Hay una profe de Matemáticas que me da sueño y una de Literatura con la que sueño.
Viste la morocha que vende los discos en Casa Ópera. Vení Bocha, pasemos otra vez y memoriza sus labios.
Y en Santa Rosa de Calamuchita donde Rosario estuvo más cerca que nunca. Te acordás de la chica que hacía helados caseros. La tardecita mirando el río y compartiendo la cuchara y la boca. ¿Me vas a escribir una carta?
Mujeres de fuego.
Y si contás de tu admiración por las rosas. Rosa Sabena y Rosa Arias.
Y Laura Pereyra que te hace reír a carcajadas?
Querés contar?
Un privilegio: cuanta mujer que conozco y admiro.
Es un error nombrar a pocas.
Agradecé a todas. Ellas te van a seguir leyendo.
Mujeres de acero. Con gusto a whisky.
Mujeres de pan.
De sol.
Y vida…
Que tengan un gran día
en un mundo feliz…