En una charla durante la Clínica Nutricional de Cultivos realizada en Las Vertientes, Córdoba, el ingeniero Cristian Álvarez, especialista en suelos del INTA Anguil, explicó por qué no hay que confundir dureza con compactación y remarcó que el agua explica entre el 70 y el 80% de la variabilidad productiva.
En el marco de la Clínica Nutricional de Cultivos realizada en Las Vertientes, Córdoba, el ingeniero Cristian Álvarez, especialista en suelos del INTA Anguil, dejó un mensaje bien práctico para productores y asesores: para empezar a entender qué pasa en un lote, muchas veces alcanza con herramientas simples. “Una pala, un cuchillo y un penetrómetro con una pesita que te lo hace el herrero de la vuelta a tu casa”, resumió Álvarez al explicar que, antes de entrar en evaluaciones más profundas, ya se puede hacer mucho observando el suelo en el campo.
El técnico señaló que una calicata sigue siendo una herramienta muy valiosa, pero subrayó que incluso desde una observación inicial ya aparecen señales clave: cómo quiebra el suelo, si hay láminas, si presenta colores pálidos u oscuros o si surgen otras características que alerten sobre problemas físicos que pueden condicionar el movimiento del agua y los nutrientes.
Dureza no siempre es compactación
Uno de los conceptos centrales de la charla fue diferenciar correctamente dos situaciones que muchas veces se confunden: la dureza y la compactación. “Todos los suelos en Argentina, cuando están secos, están duros. Pero no todos los suelos que están duros están compactados”, explicó Álvarez. Según detalló, para saber si verdaderamente existe compactación hay que mirar también el contenido de agua del perfil. Si el suelo está seco, es lógico que presente resistencia mecánica. En cambio, si está húmedo y aun así sigue duro, ahí sí puede haber un problema de compactación. “Un suelo, para evaluar si realmente está compactado, debería estar duro y húmedo”, indicó.
En ese sentido, remarcó que muchas veces el agua “hace magia” en el suelo: cuando llueve, se modifica la resistencia mecánica y se evidencia que en realidad había un problema de dureza y no necesariamente de compactación estructural.
El agua, eje central del sistema
Para Álvarez, el corazón del sistema productivo está en el agua. Y por eso insistió en que no alcanza con mirar solamente el dato del pluviómetro. “No se queden con el dato del pluviómetro, sino que evalúen realmente cuánta es el agua que está entrando en el sistema suelo”, sostuvo.
El especialista explicó que muchas veces un productor carga en la planilla los milímetros caídos, pero eso no significa que toda esa agua haya ingresado al perfil. En algunos casos, los suelos logran aprovechar apenas un 60% de las lluvias; en otros, con mejor manejo, pueden capturar casi el 90%. “Entre uno de 90%, uno de 60% y uno de 40%, hay un abismo”, afirmó. Y agregó que ahí aparece una de las grandes diferencias entre planteos productivos aparentemente similares: no tanto en la lluvia que reciben, sino en la capacidad del sistema para cosechar esa agua.
La producción depende de cuánto agua entra al suelo
Álvarez fue contundente al poner en números la importancia del recurso hídrico dentro del planteo productivo. “El agua nada más y nada menos me explica entre el 70 y el 80% de la variabilidad de producción”, remarcó. Por eso insistió en que el productor debe mirar el suelo desde una lógica funcional: entender qué está pasando con la infiltración, con la porosidad y con la capacidad de almacenar agua útil.
En esa línea, explicó que la dureza suele estar asociada a pérdida de materia orgánica, mientras que la compactación está más vinculada a la pérdida de poros, especialmente aquellos que permiten conducir el agua. “La compactación está dada por pérdidas de poros, o sea, los poros que conducen el agua”, detalló.
Paratill, cultivos de servicio y manejo
Consultado sobre casos concretos de la zona, Álvarez reconoció que prácticas como el paratill, usadas en el momento justo y donde hacen falta, pueden mejorar notablemente el ingreso de agua al perfil y ayudar a estabilizar la producción. “Cualquier práctica que me aporte o me mejore la entrada de agua en el suelo, me va a estabilizar y me va a mejorar la producción”, señaló. No obstante, aclaró que no se trata de una receta única.
Álvarez mencionó a los cultivos de servicio y a otras estrategias de intervención como herramientas válidas para mejorar la cosecha del agua en cada ambiente. “Cultivos, estrategias de intervención que me permitan a mí mejorar esa cosecha del agua”, dijo.
Herramientas simples para decisiones importantes
El especialista del INTA dejó otro mensaje fuerte: evaluar estas variables no requiere necesariamente instrumentos sofisticados o inaccesibles. Muchas veces, con herramientas básicas y criterio técnico, se pueden detectar problemas que tienen un enorme impacto sobre el rendimiento. “La importancia es esa: el 80% de la productividad de mi cultivo”, sintetizó.